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Opiniones

Si yo fuera catalán

La opinión del director

Por José Luis Ramón

Si yo fuera catalán –de nacimiento o de adopción–, les aseguro que en estos días que vivimos estaría muy preocupado, y no por la tan deseada y no sé si posible vuelta de los toros a Cataluña, sino por el no oculto talante autoritario de los gobernantes de mi comunidad, región, país o nación, llámenlo ustedes como deseen. Me preocuparía mucho que llevados de sus furias antitaurinas, las personas que me representan, les haya o no votado, y que se ganan un sueldo que sale de mis impuestos, no oculten los nada democráticos medios que tienen previsto emplear para impedir el regreso de los toros a Cataluña. No estoy hablando del debate toros sí / toros no; estoy hablando de respeto al estado de Derecho.
Si yo fuera catalán no me preocuparían sus aspiraciones de obtener la independencia de España por medios lícitos –o quizá sí, pero ahora estoy hablando de respeto a la legalidad vigente, no de política–, sino su voluntad manifestada de obedecer únicamente aquellas leyes y sentencias que les son propicias. Desde luego que me preocuparía mucho su deseo de caminar fuera de la ley y también su cinismo –y entendería que los cínicos lo son a tiempo completo y en todas sus actividades–, pues si por un lado manifiestan no reconocer al Tribunal Constitucional –cuando ocupan el cargo que ocupan gracias a la Constitución–, por otro recurren a ese mismo Tribunal cuando piensan que puede resultarles beneficioso. Es decir, que unas veces le niegan, otras le desafían y otras piden su amparo. No cabe mayor doble juego.
Si yo fuera catalán estaría preocupado por la idea ya implantada en amplios círculos políticos de esa sociedad –mi sociedad– de que las sentencias pueden entenderse y manejarse a nuestro antojo, según el beneficio que obtengamos de ellas. También me preocuparía que un gran diario catalán –El Periódico de Catalunya– titulase el jueves en su primera página: “El Tribunal Constitucional abre otro pulso con Catalunya por los toros”, dando a entender que, con independencia de lo que atendiendo a Derecho considere el Constitucional, sus sentencias son pulsos políticos y no decisiones tomadas en conciencia, de manera que muy bien podían fallar en sentido contrario para evitar la apertura de eso que consideran un nuevo pulso. Supongo que esta misma doctrina les permitirá a todos los imputados en la trama gürtel, en las tarjetas black, en el Madrid-Arena y en el resto de juicios de estos días, considerar que el Estado les está echando un pulso. Y sí, quizá sí, en algunos de estos casos se trata precisamente de eso.

La frialdad y la ofensa

Por derecho

Por Alfonso Santiago

Si hay algo que me llama la atención cuando veo vídeos de toros de los años cuarenta, cincuenta y sesenta es la pasión que el público demuestra en las faenas. Hay veces que mirando las imágenes con el rigor actual no se entienden muy bien esas reacciones, pues la perfección del toreo y de la embestida a los que hoy en día estamos acostumbrados nos hacen ser reticentes ante el entusiasmo que demuestran esos espectadores de blanco y negro, muchas veces ante la simple movilidad del toro o la ligazón de los muletazos, sin ir más allá a la hora de valorar cómo es esa embestida, o cómo se coloca para engarzar los muletazos el protagonista de las imágenes. Sin embargo, tengo que reconocer que me fascina esa pasión, sobre todo cuando esas películas me devuelven imágenes que por edad no he podido vivir en directo en Las Ventas. Muchas veces pienso en lo bien que se lo pasaban entonces, y en el aburrido espectáculo que ahora mismo tenemos que sufrir con demasiada frecuencia en la primera plaza del mundo.
Quiero creer que la evolución técnica y estética del toreo, y la más trabajada y profesionalizada labor de los ganaderos en estas últimas décadas, han sido fundamentales para que el toreo permanezca tan vivo seis o siete décadas después de aquellas películas. Lo que no creo que haya sido tan bueno es la frialdad y la distancia con la que amplios sectores de Las Ventas se han ido alejando de ese lado pasional que también tiene el ser aficionado al toreo y a la bravura. Un cambio que no hay que fecharlo tan recientemente, pues más bien vino en paralelo a la exigencia –muchas veces intransigencia–, con la que desde algunas tribunas de prensa se empezó a fiscalizar a toreros y ganaderos en los años setenta. Curiosamente, cuando esos mismos periodistas querían todo el protagonismo para sí mismos. También el paulatino arrinconamiento de la información taurina en los grandes medios, y muy especialmente en la televisión, provocaron un efecto muy negativo en cuanto a la captación de nuevos aficionados, que no de espectadores.

Taurodelta en la hora del adiós

De pitón a pitón

Por Federico Arnás

Afalta de concretarse definitivamente la adjudicación de la plaza, este 12 de octubre Taurodelta cerrará un ciclo de doce años en Las Ventas. Algo lejos queda aquel 13 de marzo de 2005 cuando José Antonio Chopera se estrenaba con el primer festejo en la primera plaza del mundo, entonces bajo la etiqueta de Taurovent. Los vínculos con la operación Malaya provocaron que Fidel San Román ingresara en prisión forzando con ello a la sociedad constituida a renunciar a la prórroga, decisión inducida por los intereses comprometidos en la Comunidad. La salida fue presentarse al nuevo concurso para ganar con la denominación de Taurodelta. El guión estaba escrito desde la Puerta del Sol; Simón tenía razón en su queja. En ambos concursos de 2004 y 2006 los mismos candidatos: José Antonio, Casas y Entero. Diez años después los tres nombres han vuelto a confluir en el proceso aunque con los papeles cambiados. Simón ha ganado, Martínez Uranga ha perdido y Entero ha recurrido. Curiosamente, Simón llega casi con similar edad con que Choperita accedió al sillón de Las Ventas.
Dudo que José Antonio esté presente en la tarde de la despedida y cierre e incluso si volveremos a verlo por Las Ventas. Su potencial queda sensiblemente mermado en el sector reduciéndose a la presencia de su hijo Manuel en las plazas de Castellón y Valladolid, en ambas junto a su amigo Toño Matilla, y alternando con los hermanos Martínez Labiano en la gestión de Salamanca. Por eso, desde que la Comunidad confirmó que ya no eran empresarios de Madrid, habrán notado cómo disminuían las llamadas de teléfono, el número de “amigos” y de pelotas. Al zorro plateado la salida de Madrid le llega ágil de mente pero con la edad pesando. Queda todavía su hijo Manuel, un hombre de trato afable, que siempre ha mostrado más querencia a estar en los callejones como apoderado que en los despachos como empresa. Manolito, como se le conoce cariñosamente, no tiene las dobleces de la mayoría de los que se mueven en lo más alto del taurinismo. Un apoderado con tan buen bajío con fama de ilocalizable. Su buzón de voz colgaba con reiterada frecuencia el cartel de lleno. Siempre he intuido que a Manuel le han gustado los toros más que a su padre, incluso que es mejor aficionado que otros empresarios a los que sólo les preocupa la gente que está en los tendidos y muy poco lo que sucede en el ruedo. A partir de ahora su teléfono empezará a notar cómo las llamadas entrantes se relajan.